jueves, 13 de febrero de 2020

Artículos de Miguel Ildefonso


Blog Apolineas: http://apolineas.blogspot.com

César Vallejo y Derek Walcott



César Vallejo y Derek Walcott

Apolo, 29 de enero, 2004
  
"Y quizás, maestro, muy temprano percibiste
lo que significa la hermandad en una prole de esclavos
pugnando por un viaje de retorno a media travesía,
escupiendo a sus propios poetas,
prefiriendo alcohólicos a sus pintores,
para su solemne catálogo de suicidas,
mientras más me acercaba a tu soledad, César Vallejo,
y a tus jueves de aguaceros."

Estos versos pertenecen al libro Another Life (1973) de Derek Walcott, poeta de las Antillas de Barlovento, premio Nobel en 1992. Yo leí con admiración este poema dedicado a nuestro vate de Santiago de Chuco junto con otros del Nobel, de quien había leído poco anteriormente, que salieron publicados en la revista Hueso Húmero # 30 (1994). Lo poco que había leído de Walcott con anterioridad fueron los poemas y la entrevista que salieron por entregas en el diario La República en 1992 a raíz de su premio. Fue en 1997 que salió publicado un artículo del poeta Washington Delgado, en el Dominical del diario El Comercio; “El Nobel para Santa Lucía” se titulaba, y fue este texto tan sencillo y hondo (como el poema de Walcott que allí se analizaba) del autor de Muerte de Artidoro lo que despertó definitivamente toda mi atención para la deslumbrante poesía del antillano (en el año 2000 tuve la ocasión de hacérselo saber en persona al apreciado maestro y poeta, quien fue mi profesor en la Universidad católica). El poema que trataba Washington era La luz del mundo, perteneciente al libro The Arkansas Testament (1987). Lo que pude leer a continuación, un par de años después, fue Odiseos (por fin un libro entero) que me prestó un amigo, el poeta José Pancorvo. Fue acabando el milenio pasado que recién pude acceder a casi todo de Walcott, en la biblioteca de la Universidad de El Paso, Texas. Y no hace mucho _ y después de tiempo nuevamente dedicado a alimentar mi biblioteca _ pude conseguir el libro en el que está el poema que, a apenas conociéndolo en fragmentos, me había cautivado con tal fuerza como contados poemas lo pueden lograr.

Quien tiene esa capacidad de cautivarme con una obra completa es Vallejo. Tal vez el poema que más me gusta de él es uno que pertenece al conjunto que póstumamente titularon Poemas Humanos. Es el que inicia con "Me viene, hay días, una gana ubérrima, política...", un texto construido a partir de reiteraciones, enumeraciones y yuxtaposiciones de contrarios que expresan esa "gana ubérrima". El poema es muy conocido y ha sido estudiado reiteradas veces. El sentimiento de solidaridad, como lo afirma James Higgins, hace que Vallejo quiera "amar a todos los hombres, quieran o no. El suyo es un amor que abarca a todos _ los pobres, los débiles, los malos, hasta sus enemigos." Y más adelante: "Es el amor de un solo hombre pero abarca a toda la humanidad. Es parroquial en cuanto Vallejo ve el mundo como una sola comunidad grande en la que todos los hombres son sus vecinos. Es un amor que ignora las barreras de la moralidad."

El subconsciente debe ser un catálogo de imágenes que cargan conceptos, sentimientos; de olores que arrastran escenas, que guardan vida atravesando la última puerta de la memoria. A mí me pasa con frecuencia, que una canción nueva me llama la atención porque me remite a otra canción clásica, un fragmento por lo menos, o a veces una atmósfera tan solo. Y ocurre, además, que al recordar aquella canción clásica traiga al presente imágenes o escenas de mi pasado ligadas a esa música. Habiendo pasado el tiempo y olvidado el poema de Walcott dedicado a Vallejo, eso me pasó con el poema del Nobel, algo me hacía entrelazar estos dos poemas, La luz del Mundo y "Me vienen hay días..."

En palabras de Washington Delgado el poema de Walcott "desarrolla una anécdota banal: el viaje en autobús interurbano". El poeta está en aquel autobús camino al hotel donde se hospedará, pero el viaje resulta ser más que un simple tránsito interurbano: es el reencuentro con sus raíces, con su pueblo, y en ese estado de intensa comunión con el resto de pasajeros, gente humilde y al parecer en su mayoría de raza negra, trae a su especie de monólogo interior una serie de personajes femeninos, tanto los que están presentes (la muchacha negra con la que sueña que sea su mujer) como los del recuerdo (su madre). "Los temas y motivos poéticos en este libro de Walcott, decía Washington, son variadísimos: el amor, la soledad, los recuerdos, los paisajes y gentes de su tierra con sus problemas individuales y sociales, la antigüedad grecolatina, la Edad Media sajona, la cultura clásica francesa, la guerra de Secesión norteamericana, el racismo, la libertad." Casi todos esos temas están presentes en este poema efectivamente. Pero a lo que quiero acercarme en este texto es al amor que llega a sentir el poeta.

"Y yo les había abandonado, lo supe allí,
sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el
mar,
con hombres inclinados sobre canoas, y las luces naranjas
de la punta de Vigie, negras barcas en el agua
yo, que nunca pude dar consistencia a mi sombra
para convertirlas en una de sus sombras, les había dejado su
tierra,
sus peleas de ron blanco y sus sacos de carbón,
su odio a los capataces, a toda autoridad.
Me sentía profundamente enamorado de la mujer junto a
La ventana."

La conciencia de su abandono (de su tierra, su raza, su lengua: el autoexilio), a raíz del maravilloso pasaje de la anciana con sombrero que sube al autobús, antecede al de su enamoramiento con la muchacha: "Quería marcharme a casa con ella aquella noche. / Quería que ella tuviera la llave de nuestra cabaña/ junto a la playa en Gros-Ilet; quería..." Y al final de la estrofa: "y decirle en silencio/ que su cabello era como el bosque de una colina en la/ noche,/ que un goteo de ríos recorría sus axilas,/ que le compraría Benin si así lo deseaba,/ y que jamás la dejaría en la tierra. Y decírselo también a los/ otros." Pero luego ese amor se extiende a todos: "Porque me embargaba un gran amor capaz de hacerme/ romper en llanto,/ y una pena que irritaba mis ojos como una ortiga,/temía ponerme a sollozar de repente/ en el transporte público con Marley sonando (...) Yo quería que el autobús/ siguiera su camino para siempre, que nadie se bajara/ y dijera buenas noches a la luz de los faros (...) quería que la belleza de ella/ penetrara en la calidez de la acogedora madera". Pero el autobús se detuvo y él había llegado a su destino, el Hotel Halcyon: "Me bajé del autobús sin decir buenas noches. / Ese buenas noches estaría lleno de amor inexpresable. / Siguieron adelante en su autobús, me dejaron en la tierra."

Ese "amor inexpresable", que le hace desear, que le hace "querer", es el que me conecta con Vallejo: "Me viene, hay días una gana ubérrima, política,/ de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,/ y me viene de lejos un querer/ demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,/ al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,/ a la que llora por el que lloraba, al rey del vino, al esclavo del agua,/ al que ocultóse en su ira,/ al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en/ mi alma..." Lo que Vallejo dice de manera general y de modo directo y breve, Walcott lo dice partiendo de una anécdota, con un relato poético lleno de mixturas. Pueden encontrase similitudes en ambos poetas, que son originarios de tierras del tercer mundo, países periféricos, con conciencia de su mestizaje racial y cultural, que han vivido el autoexilio, pero este "amor inexpresable" expresado magistralmente por ambos es lo que los hace universal y portadores de, en palabras de Washington al referirse al antillano, "una luz radiante, un firme faro de humanidad y belleza en el mundo contemporáneo".

La penúltima estrofa del poema de Vallejo dice: "Ah, querer, éste, el mío, éste, el mundial,/ interhumano y parroquial, provecto!/ Me viene a pelo,/ desde el cimiento, desde la ingle pública,/ y, viniendo de lejos, da ganas de besarle/ la bufanda al cantor,/ y al que sufre, besarle en su sartén,/ al sordo, en su rumor craneano, impávido;/ al que me da lo que olvidé en mi seno,/ en su Dante, en su Chaplin en sus hombros." Esta parte la analiza Leopoldo Chiappo en su Estudios de la Comedia. Estudios Dantianos; acerca del significado de "Dante" en el poema de Vallejo nos dice: "Ya Boccaccio había observado que Dante, hipocorístico con el cual se ha inmortalizado Durante Alighieri, quiere decir "el que da", es decir, se trata (tanto en italiano como en castellano) del participio activo del verbo 'dar' (...) Vallejo, con intuición poética, rescata la significación del nombre propio del poeta Dante, insuflándole el sentido dinámico de verbo activo participial 'dante', 'quien da', 'dador', el que 'siempre está dando', donador, fuente incesante." Luego Chiappo señala algo más: "Recordemos las palabras citadas del poema: quien es besado en su sartén es alguien que sufre (...) quien es besado en su Dante, es decir, en su ser noblemente donante, es quien me da, no cualquier cosa, secundaria, superflua o accidental, sino nada menos lo que es lo más importante, que es la donación de aquel quien 'me da lo que olvidé en mi seno' (...) en lo más profundo de mi mismo, en mi propio ser, en mi penetral..." Entonces vamos entendiendo que "Dante" es el donante del propio ser, pero, siguiendo a Chiappo: "del poeta Dante entendido como quien puede darnos lo que habíamos olvidado, lo que estaba cancelado, perdido, no en cualquier parte, pues no se trata de nada adjetivo o adventicio, sino en lo más profundo de nuestro propio ser y que es nuestro ser propio." Y más adelante, como si se tratara del análisis del poema de Walcott: "Dante es la grandeza que está en cada hombre, es el exiliado, el sufriente, el amante que llevamos dentro con la capacidad de despertar en nuestros hermanos hombres humanos lo que habían olvidado en su seno, es decir, la posibilidad de vivir desde sí mismos, desalienados. El que me ama es mi Dante, el que me despierta lo que me había olvidado en mi seno, me hace vivir y ya no desvivo más. Me dona la única, la verdadera donación."

Ahora veamos cómo acaba el poema de Walcott. Nos habíamos quedado que con tristeza había tenido que bajar del autobús, pues había llegado a su paradero: "Entonces, un poco más allá, el vehículo se detuvo. Un/ hombre/ gritó mi nombre desde la ventanilla./ Caminé hasta él. Me tendió algo./ Se me había caído del bolsillo una cajetilla de cigarrillos./ Me la devolvió. Me di la vuelta para ocultar mis lágrimas./ No deseaban nada, nada había que yo pudiera darles/ salvo esta cosa que he llamado 'La Luz del Mundo'". El poeta sufre al no poder darles inmediatamente aquello que todos los pasajeros del autobús le habían dado y sin saberlo, que sería, recogiendo el análisis de Chiappo, aquello que guarda la palabra Dante. Si bien este poema no termina con un final feliz _ aunque el haberles dado finalmente este poema "La Luz...", su ser propio, invierte paradójicamente este aparente final triste _, el de Vallejo tampoco acaba bien. También paradójicamente nos dice, y no sin menos emoción: "Quiero, para terminar,/ cuando estoy al borde célebre de la violencia/ o lleno de pecho el corazón, querría/ ayudar a reír al que sonríe, ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,/ cuidar a los enfermos enfadándolos,/ ayudarle a matar al matador - cosa terrible -/ y quisiera yo ser bueno conmigo/ en todo."

Para nada aquí quiero sugerir que Walcott se ha basado en el poema de Vallejo para escribir su poema. El alma es universal así como la estructura humana, y cuando la emoción nos desborda simplemente utiliza formas poéticas para comunicar lo inexpresable. La cualidad más importante del artista es justamente recoger aquellos elementos que están, digamos, en el aire (en el sentido de ser percibidos de alguna manera por todos), y saberlos plasmar. En fin.

César Vallejo

Me viene, hay días...

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona
en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.
Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.
Ah querer éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.
Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador _ cosa terrible _
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.
6 nov. 1937


Derek Walcott

La Luz del Mundo
Kaya ahora, necesito kaya ahora
Necesito kaya ahora,
Porque cae la lluvia
Bob Marley

Marley cantaba rock en el estéreo del autobús
y aquella belleza le hacía en voz baja los coros.
Yo veía dónde las luces realzaban, definían,
Los planos de sus mejillas; si esto fuera un retrato
Se dejarían los claroscuros para el final, esas luces
Transformaban en seda su negra piel; yo habría añadido un
          pendiente,
algo sencillo, en otro bueno, por el contraste, pero ella
no llevaba joyas. Imaginé su aroma poderoso y
dulce, como el de una pantera en reposo,
y su cabeza era como mínimo un blasón.
Cuando me miró, apartando luego la mirada educadamente
porque mirar fijamente a los desconocidos no es de buen
           gusto,
era como una estatua, como un Delacroix negro
La Libertad guiando al pueblo, la suave curva
del blanco de sus ojos, la boca en caoba tallada,
su torso sólido, y femenino,
pero gradualmente hasta eso fue desapareciendo en el
           atardecer, excepto la línea
de su perfil, y su mejilla realzada por la luz,
y pensé, ¡Oh belleza, eres la luz del mundo!
No fue la única vez que se me vino a la cabeza la frase
en el autobús de dieciséis asientos que traqueteaba entre
Gros-Islet y el Mercado, con su crujido de carbón
y la alfombra de basura vegetal tras las ventas del sábado,
y los ruidosos bares de ron, ante cuyas puertas de brillantes
           colores
se veían mujeres borrachas en las aceras, lo más triste del
           mundo,
recorriendo a tumbos su semana arriba, a tumbos su semana
           abajo.
El mercado, al cerrar aquella noche del Sábado,
me recordaba una infancia de errantes faroles
colgados de pértigas en las esquinas de las calles, y el viejo
            estruendo
de los vendedores y el tráfico, cuando el farolero trepaba,
enganchaba una lámpara en su poste y pasaba a otra,
y los niños volvían el rostro hacia su polilla, sus
ojos blancos como sus ropas de noche; el propio mercado
estaba encerrado en su oscuridad ensimismada
y las sombras peleaban por el pan en las tiendas,
o peleaban por el hábito de pelear
en los eléctricos bares de ron. Recuerdo las sombras.
El autobús se llenaba lentamente mientras oscurecía en la
            estación.
Yo estaba sentado en el asiento delantero, me sobraba tiempo.
Miré a dos muchachas, una con un corpiño
y pantalones cortos amarillos, una flor en el cabello,
y sentí una pacífica lujuria; la otra era menos interesante.
Aquel anochecer había recorrido las calles de la ciudad
donde había nacido y crecido, pensando en mi madre
con su pelo blanco teñido por la luz del atardecer,
y las inclinadas casas de madera que parecían perversas
en su retorcimiento; había fisgado salones
con celosías a medio cerrar, muebles a oscuras,
poltronas, una mesa central con flores de cera,
y la litografía del Sagrado Corazón,
buhoneros vendiendo aún a las calles vacías:
dulces, frutos secos, chocolates reblandecidos, pasteles de
           nuez, caramelos.
Una anciana con un sombrero de paja sobre su pañuelo
se nos acercó cojeando con una cesta; en algún lugar,
a cierta distancia, había otra cesta más pesada
que no podía acarrear. Estaba aterrada.
Le dijo al conductor: "Pas quittez moi a terre",
Que significa, en su patois: "No me deje aquí tirada",
Que es, en su historia y en la de su pueblo:
"No me deje en la tierra" o, con un cambio de acento:
"No me deje la tierra" [como herencia];
"Pas quittez moi a terre, transporte celestial,
No me dejes en tierra, ya he tenido bastante".
El autobús se llenó en la oscuridad de pesadas sombras
que no deseaban quedarse en la tierra; no, que serían
           abandonadas
en la tierra y tendrían que buscarse la vida.
El abandono era algo a lo que se habían acostumbrado.
Y yo les había abandonado, lo supe allí,
sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el
           mar,
con hombres inclinados sobre canoas, y las luces naranjas
de la punta de Vigie, negras barcas en el agua;
yo, que nunca pude dar consistencia a mi sombra
para convertirla en una de sus sombras, les había dejado su
           tierra,
sus peleas de ron blanco y sus sacos de carbón,
su odio a los capataces, a toda autoridad.
Me sentía profundamente enamorado de la mujer junto a
            la ventana.
Quería marcharme a casa con ella aquella noche.
Quería que ella tuviera la llave de nuestra cabaña
junto a la playa en Gros-Ilet; quería que se pusiese
un camisón liso y blanco que se vertiera como agua
sobre las negras rocas de sus pechos, yacer
simplemente a su lado junto al círculo de luz de un quinqué
           de latón
con mecha de queroseno, y decirle en silencio
que su cabello era como el bosque de una colina en la
            noche,
que un goteo de ríos recorría sus axilas,
que le compraría Benin si así lo deseaba,
y que jamás la dejaría en la tierra. Y decírselo también a los
            otros.
Porque me embargaba un gran amor capaz de hacerme
           romper en llanto,
y una pena que irritaba mis ojos como una ortiga,
temía ponerme a sollozar de repente
en el transporte público con Marley sonando,
y un niño mirando sobre los hombros
del conductor y los míos hacia las luces que se aproximaban,
hacia el paso veloz de la carretera en la oscuridad del campo,
las luces en las casas de las pequeñas colinas,
y la espesura de estrellas; les había abandonado,
les había dejado en la tierra, les dejé para que cantaran
las canciones de Marley sobre una tristeza real como el olor
de la lluvia sobre el suelo seco, o el olor de la arena mojada,
y el autobús resultaba acogedor gracias a su amabilidad,
su cortesía, y sus educadas despedidas
a la luz de los faros. En el fragor,
en la música rítmica y plañidera, el exigente aroma
que procedía de sus cuerpos. Yo quería que el autobús
siquiera su camino para siempre, que nadie se bajara
y dijera buenas noches a la luz de los faros
y tomara el tortuoso camino hacia la puerta iluminada,
guiado por las luciérnagas; quería que la belleza de ella
penetrara en la calidez de la acogedora madera,
ante el aliviado repiquetear de platos esmaltados
en la cocina, y el árbol en el patio,
pero llegué a mi parada. Delante del Hotel Halcyon.
El vestíbulo estaría lleno de transeúntes como yo.
Luego pasearía con las olas playa arriba.
Me bajé del autobús sin decir buenas noches.
Ese buenas noches estaría lleno de amor inexpresable.
Siguieron adelante en su autobús, me dejaron en la tierra.
Entonces, un poco más allá, el vehículo se detuvo. Un
           hombre
gritó mi nombre desde la ventanilla.
Caminé hasta él. Me tendió algo.
Se me había caído del bolsillo una cajetilla de cigarrillos.
Me la devolvió. Me di la vuelta para ocultar mis lágrimas.
No deseaban nada, nada había que yo pudiera darles
salvo esta cosa que he llamado "La Luz del Mundo".

Los Angeles de la Noche



Los Angeles de la Noche

TheDoors, The Soft Parade

Los vagidos de las ratas se agolpaban en mis sienes aquel sábado cuando iba por la Sexta Street, a una cuadra de San Julián. Era el crepúsculo en el cielo de Los Angeles, adonde me había traído un bus del Greyhound desde otro extremo del país de Obama. No sabía si seguir hacia el corazón del Downtown, o doblar por Lamp. Estaba en esa deliberación cuando oí las hermosas notas de un violín, el Otoño de Vivaldi, por ahí cerca nomás debía estar. Al doblar San Julián lo vi, era El Solista. Me senté en la vereda a oír su bella melodía. Saqué la botella de whisky que llevaba en mi saco y se lo di cuando terminó de tocar. "Vamos, amigo, let's go", me dijo al rato. Fuimos hacia Broadway. Entré a una tienda por más whisky. El no quiso entrar, se quedó en la esquina cuidando su carro de supermarket repleto de cosas. Se animó a tocar dos temas más cuando nos bebíamos el trago sentados en unas gradas frente al teatro Orpheum (842 South Broadway). "Te voy a presentar a un amigo", me dijo. Ya lo veía muy ebrio. "Debe estar por llegar. Le gusta pararse a esta hora en la puerta de este teatro a fumarse un porro". Veía sus grandes ojos cómo se cerraban. Había acomodado sus cartones en un rincón. Se echó ahora allí abrigado por una vieja y sucia manta. "Adiós, Nathaniel", le dije cuando vi a aquel tipo llegar y encender, efectivamente, un troncho (como decimos en Perú, perdonen la tristeza). Crucé la pista. Supe que me había estado mirando, o seguramente esperando, al verle extender el brazo invitándome su porro. "¿Aquí te arrestaron? ¿Cierto?", le pregunté a Jim. Solo dibujó una sonrisa en su rostro. Le invité lo que sobraba de la botella, y luego de bebérsela de un tirón me dijo para ir por más. Otra vez en la misma tienda compré otra botella. "Vamos por Pam, acompáñame", me pidió algo fastidiado. Bajamos al metro de Pershing Square, llegamos a la estación de Hollywood Vine. "!Maldita puta!", gritó al no encontrarla en el Frolic Room (6245 Hollywood Blvd). Estaba desquiciado. Tomamos un taxi, y bajamos en el Whisky a GoGo (8901 W Subset Blvd). Esa noche no le tocaba cantar, pero igual se subió al escenario. No recuerdo cómo se llamaba el grupo que lo acompañaba. Solo recuerdo que cantó Touch Me, Roadhouse Blues y cuando estaba en la mitad de The Soft Parade, se cayó al piso del pequeño escenario. Ya de ahí mi memoria tiene una laguna atestada de luces de neón, i
mágenes rotas en otros bares y clubs de la Sunset: Cat Club (8911), 9000 Building, Key Club (9089), Sunset Recorders (6650), Andaz (8401). Luego otros antros, a la vuelta, en Santa Mónica Blvd: el viejo estudio que improvisaron los Doors para grabar L. A. Woman (8512), The Palms (8572), Leo´s Flowers (8505), Troubador (8585), comprando un par de latas de cerveza en el Monaco Liquor (8513), luego en frente de la casa de Pam (8216 Norton Ave), Jim gritando con su vozarrón el nombre de su chica, ella que no salía, Jim trepándose a la reja, maldiciéndola, odiándola con todo su amor, y casi al final en Barney´s Beanery (8447 Santa Mónica Blvd), al lado de la ruta 66, donde se dio una meada cuando bebíamos cerveza en la barra, bar donde Janis Joplin, cuarenta años atrás, un 4 de octubre, había bebido sus últimos tragos antes de fallecer de sobredosis, sola en su habitación. Lo último que recuerdo con Jim fue que estábamos toreando los carros en la curva de la Sunset, frente al Chateau Marmont (8221), adonde finalmente se metió. "Descansa ya, Rey Lagarto", le dije al despedirme de Jim. Cogí un bus, la 2, para volver a aquel barcito que me había gustado cuando buscamos a Pam. En el Frolic encontré al viejo Bukowski, empinando el codo en la barra. Estaba con dos rubias no tan jóvenes, pero tampoco nada viejas. "Hey, amigo, te estaba esperando", me habló con su voz aguardentosa, la pendeja sonrisa ("pendeja" en semántica peruana, no en mexicana pues es lo contrario). Allí bebimos solo cervezas, bailamos con las chicas que se dejaban pellizcar el culo. Escribimos un poema al alimón en una servilleta, que terminó en los intestinos de la pareja de Hank. En un arranque de no sé qué, ella cogió el papel con el poema y se lo echó a la boca, lo masticó y se lo tragó. Eso excitó al viejo Hank. Le dijo algo al oído a su chica y se despidieron educadamente. Antes de salir sacó un pequeño libro, era Pregúntale al polvo de Fante, y me pidió que lo dejara al día siguiente en la Biblioteca Pública (630 West 5th Street). Los vi alejarse sobre esas estrellas de los actores que había en la larga vereda de Hollywood Boulevard. Linda, así se llamaba mi chica, me dijo que la siguiéramos en otro lugar. Recordé que tenía reservado una habitación en el Hotel Cecil del Downtown (640 Main Street), pero ella me cogió de la cintura y dijo que mejor era ir a su habitación en el Morrison Hotel (1244 Hope Street). Y rumbo allá fuimos. Buk había escrito esto:

Nacido en Esto

Nacidos así
En esto
Mientras los rostros de tiza sonríen
Mientras la señora Muerte ríe
Mientras los ascensores se rompen
Mientras se disuelven los paisajes políticos
Mientras el muchacho de las bolsas del supermercado se recibe de la universidad
Mientras el pez aceitoso escupe su presa aceitosa
Mientras el sol se enmascara
Nacemos
Así
En esto
En medio de estas guerras dementes preparadas con esmero
Frente al frontis roto de los ventanales industriales del vacío
En bares donde ya nadie habla
En peleas a puñetazos que terminan en balaceras y cuchilladas
Nacidos en esto
En hospitales que son tan caros que es más barato morir
Entre abogados que cobran tanto que es más barato declararse culpable
En un país donde las cárceles están repletas y los manicomios cerrados
En un lugar donde las masas encumbran a los imbéciles a héroes con dinero
Nacidos en esto
Caminando y viviendo a través de esto
Muriendo por esto
Enmudecidos por esto
Castrados
Corrompidos
Desheredados
Por esto
Engañados por esto
Usados por esto
Meados por esto
Enloquecidos y enfermos por esto
Enfurecidos
Inhumanos
Por esto
El corazón se ennegrece
Los dedos rozan la garganta
El arma
El cuchillo
La bomba
Los dedos se abalanzan hacia un dios que no responde
Los dedos alcanzan la botella
La píldora
El polvo
Nacidos en este aburrimiento doloroso
Y los bancos serán incendiados
El dinero será inútil
Habrá crímenes impunes en la calle a plena luz del día
Habrá armas y un gentío errante
Tierra infértil
La comida tendrá un rendimiento decreciente
El poder nuclear será acabado
Por explosiones que sacudirán continuamente la tierra
Autómatas humanos enfermos de radiación acechándose
Los ricos y elegidos mirarán todo desde plataformas espaciales
El infierno de Dante parecerá un parque infantil ante esto
No se verá el sol y siempre será de noche
Los árboles morirán
Toda la vegetación morirá
Hombres enfermos de radiación comerán carne de hombres enfermos de radiación
El mar será envenenado
Se desvanecerán lagos y ríos
La lluvia será el nuevo oro
Cuerpos podridos de hombres y animales hediondos ante el viento oscuro
Los últimos sobrevivientes serán diezmados por nuevas y horribles enfermedades
Y las plataformas espaciales serán destruidas por la escasez
La desaparición de los suministros
El efecto natural de la decadencia
Y entonces el silencio más bello jamás oído
Habrá nacido de ello
Y allí el sol permanecerá oculto
Esperando el próximo capítulo.

18 Vasos de Whisky con Dylan Thomas



18 Vasos de Whisky con Dylan Thomas

 Llegué de Lima con mi libro Dantes a Nueva York, un sábado cuando el sol peinaba de oro las ondulantes cabelleras de las muchachas en sus trajes cortos, radiantes chicas que se deslizaban por la Greenwich Village adonde había decidido ir como primer paso de esta mi no sé qué número de visita a la balbuceante ciudad de los rascacielos y los colosales puentes, de Lorca y de Lou Reed, barrios italianos, chinos, polacos, y más. Pero mi propósito principal era ubicar aquella legendaria taberna donde el poeta galés Dylan Thomas (Swansea, Gales, 27 de octubre de 1914- Nueva York, 9 de noviembre de 1953) se diera su último trancazo para, luego de tres días, pasar a la lista de los inmortales como Joyce o Kafka. Anduve primero, medio perdido, sin mapa, guiado por mi instinto beatnik, por el Minetta Tavern (113 MacDougal Street), otro bar, pero ahora para ricos, adonde frecuentaba el autor de Deaths and Entrances (1946). Me bebí un Heineken de 7 dólares, más la propina 10. La amable chica de la barra me hacia la conversa, pero era muy caro quedarse allí, así que salí un poco decepcionado porque entre las decenas de fotografías colgadas en cuadros de personajes famosos de la ciudad, sobre todo boxeadores, no había ninguna del autor de The Map of Love (1939). Al frente cerrado estaba el Café Wha, legendario antro en donde tocaban, en la época de la realidad real, genios como Hendrix o Bob Dylan, y donde también hacían de las suyas poetas como Ginsberg. Seguí por la avenida Las Americas (que me sonaba como ir caminando por Balconcillo de mi barrio La Victoria), rumbo hacia la 8 va Av. Me sentía de otra época, en blanco y negro. ¿Por qué las mejores cosas de la vida me llegan a destiempo?, me preguntaba otra vez. Me acordé que tenía en mi agenda un pequeño mapa que había hecho a mano días atrás para llegar al White Horse Tavern (567 Hudson St.). Agenda que semanas después perdí. Fue por ese mapa de trazo negro que di con la dirección. Ante mí los duros pasos de Dylan Thomas habían dejado una mágica estela que me abrió la vieja y oscura puerta de madera, y, tras sentarme en la barra y pedir un Coors Light, me tocó también su mirada en el lado izquierdo del corazón, giré y allí estaba observándome, como un espejo, con su vaso en la mano, tal como lo había alucinado en el poema final* de mi libro Dantes, “hecha la mirada hecha la lágrima Thomas”, porque así acaba aquel libro, mis versos finales en el White Horse. Fueron más vasos de cerveza, no sé cuántos, y también de whisky y de bourbon. No repetí ninguna marca, había infinitas, las iba anotando en mi agenda, así como este poema de Dylan (Thomas):

Especialmente Cuando el Viento de Octubre

Especialmente cuando el viento de octubre
Con dedos escarchados castiga mi cabello,
Cogido por el sol malhumorado camino sobre fuego
Y arrojo la sombra de un cangrejo sobre la tierra,
En la orilla del mar, escuchando el ruido de los pájaros,
Escuchando toser al cuervo en las ramas de invierno,
Mi corazón atareado que se estremece mientras ella habla
Derrama la sangre silábica y seca sus palabras.

Encerrado, también, en una torre de palabras, señalo
En el horizonte caminando como los árboles
Las formas orales de las mujeres, y las filas
De niños con gestos de estrella en el parque.
Algunos me dejan hacerte de hayas deletreadas,
Otros de las voces de roble, de las raíces
Mandarte notas desde condados lúgubres
Algunos me dejan hacerte de los discursos del agua.

Detrás de un macetero de helechos del reloj oscilante
Me dice la palabra de las horas, el significado neural
Vuela sobre el tiro al blanco, declama la mañana
Y da cuenta del clima tempestuoso por medio del gallo.
Algunos me dejan hacerte de los signos de la palabra;
El pasto insigne me dice todo lo que sé
Rompe con el invierno agusanado a través del ojo.
Algunos me dejan contarte de los pecados del cuervo.

Especialmente cuando el viento de invierno
(Algunos me dejan hacerte de los hechizos otoñales,
De la lengua en forma de araña, y de la alta colina de Gales)
Con puños de nabo castiga la tierra,
Algunos me dejan hacerte de las palabras indolentes,
El corazón está sangrando, deletreando en el movimiento
De la sangre química, advertido de su próxima furia.
Cerca de la orilla del mar escucha a los pájaros de vocales oscuras.

*Poema final de Dantes: <11>: “Oías a Dylan Thomas esa noche en que tu alma se emborrachaba para siempre - las luces de Manhattan se reflejaban en el Hudson & les decían a los vagabundos del otro lado que esperen - que mañana tal vez será mejor el día - tan incierto era el amor que Jannis ebria con el pelo desordenado se recostaba al otro extremo de la barra - te miraba con los ojos casi cerrados & una mueca enorme que era su sonrisa - Thomas si este mundo paralelo de las palabras se tragara la cruda realidad de la poesía - si aquellas luces de neón fueran la luz de todos los sueños o si cada destino se quebrara como una canción... un blues de Jannis - pero dibujabas un par de ojos en esa noche - pusiste una hoja en la barra y sacaste tu pluma - dibujaste un par de ojos pero lo que querías era hacer una mirada & hecha la mirada hecha la lágrima Thomas”

Nota: Dylan Thomas, en palabras de William York Tindall (que no sé quién es), se valió de Freud para dar "una nueva dimensión a la Biblia". Durante los primeros días de noviembre de 1953, murió en Nueva York, tenía 39 años. Si buscan en Internet encontrarán cosas sobre él como que “había vivido siempre bajo el hechizo de dos motivos poéticos de primer orden: el amor y la muerte, y estas fuerzas, que en la inspiración del poeta actuaban generalmente entrelazadas, envuelven casi toda su obra, oponiéndose y completándose. Parece que el poeta tuviera el presentimiento de que, como a tantos en su vocación, la muerte tenía que alcanzarle prematuramente.” También encontrarán otras tonterías más.

Ángel Izquierdo Duclos



Vestigios con Duclos
  
Hacia 2016, en una entrevista, el poeta Rodolfo Ybarra le pregunta a Enrique Verástegui: “¿Quiénes podrían ser aliados de E.V. o, si lo quieres de otra forma, qué poetas crees que se emparientan con Verástegui o, de repente, que te causen algún tipo de admiración?” A lo cual responde el gran poeta: “Que yo admire… o que no admire. Lo que admiro es a la gente que se entrega a la poesía, que entrega su vida a la poesía, que pasa días, décadas y décadas inmensas dedicadas a escribir poesía aunque a veces no tenga la suerte de encontrar un editor, pero si se encuentra a alguien así, por suerte, entonces estén seguros de que ese poeta está reconocido. Y ahora que me haces esta pregunta, acabo de recordar a un poeta de veras fascinante, es un poeta de los ‘Poetas del Asfalto’ de Lima que han tomado las calles y los bares de la plaza San Martín para dictar una vigencia de la poesía desde el punto de vista de la sensibilidad que ellos encuentran en Bukowski, por ejemplo, que puede responder, con autorización, a las embestidas del capitalismo, entonces ese poeta cuyo apellido no me acuerdo, y que tiene unos bellísimos poemas, que creo es una afición suya sobre el Albatros, que es el pájaro de Baudelaire, y eso, sí, creo que es un gran poeta de nuestros tiempos.” Inquietado el entrevistador repregunta: “¿Y es de Poetas del Asfalto?” Y Enrique: “Es amigo de Poetas del Asfalto”. Rodolfo: “¿Será Ángel Izquierdo Duclós?” El autor de Splendor: “Sí, él es a quien yo admiro mucho, a Izquierdo Duclós, él es el poeta a quien yo me refiero y admiro y quiero mucho.”

Ángel Izquierdo Duclos es poeta y es librero en La Parada, a quien conozco hace muchos años (para los poetas del centro él es el legendario Duclos, “Duclos” a secas). Su puesto de libros está en la avenida Aviación, a dos cuadras de la avenida Grau y a una cuadra del ex Hotel Lima, en 28 de Julio, allí donde vivió durante cuarenta años el genial pintor marginal Víctor Humareda. Duclos en el 2010, entre su búsqueda de libros y revistas, que llegan en triciclos de diferentes zonas o tentáculos de la monstruosa Lima, tuvo la suerte (para la literatura peruana y latinoamericana) de hallar el original de El Saber de las Rosas, libro de ensayos filosóficos y poéticos de Enrique Verástegui que se había extraviado diez años atrás. Duclos estaba hurgando  la carga que había llegado, frente al local de Las Misioneras de La Caridad, lugar donde se hospedó la Madre Teresa de Calcuta en 1989, y entre ediciones del antiguo periódico Página Libre (donde, recuerdo, yo tenía mi columnita de reseñas de libros a inicios de la década del 90), halló un manojo de quinientas hojas.

“Ya estás entre los clásicos, Miguel”, me dijo Duclos ayer a las 5 de la tarde cuando me entregó un ejemplar de mi libro Vestigios, “aquí llegan, luego de un inmenso viaje, libros de Vallejo, Verástegui, o sea, ¡los grandes, hermano!”. Una semana antes se comunicó conmigo por wasap, diciendo que había conseguido Vestigios y que quería dármelo. ¿A cuánto?, le pregunté. “No, poeta, ese libro es tuyo, no puedo vendértelo. Déjame leerlo y te lo doy.”, me dijo el gran Ángel Izquierdo Duclos. Y ayer nos vimos y me entregó aquel primer libro de mi autoría, que publiqué allá por 1999. Los dos estábamos emocionados, quedamos para tomar un café un día de estos. ¡Gracias, Duclos! Qué gran tipo eres, y ¡gran poeta! 

Mario Bellatín



La Postmodernidad en Tres Novelas
de Mario Bellatín

Mario Bellatin, (México, 1960) estudió en Lima (Perú) Teología y Ciencias de la Comunicación, e inició su carrera literaria con la publicación de Mujeres de sal (1986). En Cuba siguió cursos de guión cinematográfico en el taller de García Márquez.  Nuevamente en Lima publicó las novelas breves Efecto invernadero (1992), Canon perpetuo (1993) y Salón de belleza (1994). Estas tres últimas novelas fueron publicadas, en 1995, en un sólo volumen por la Editorial El Santo Oficio, bajo el título de Tres novelas (1995). El libro que vamos a tratar sigue un orden cronológico a la inversa; o sea, empieza con Salón de belleza y termina con Efecto invernadero.

El propósito del presente trabajo es encontrar algunos rasgos que caracterizan el planteamiento de la posmodernidad en Tres novelas de Mario Bellatin. Tales rasgos son: el cuestionamiento canónico a los escritores anteriores, que en el caso Latinoamericano de Bellatin está referido a los escritores del Boom. La desacralización del discurso de la Modernidad también es importante, así como mostrar la crisis de la utopía, o en otras palabras la falta de fe en un progreso histórico (que, en lo literario, impide que la novela se plantee trascendentalmente como un reordenamiento de la realidad). La imposibilidad de llegar a la verdad histórica es otro rasgo importante que está presente en la narrativa de Bellatin.

Aunque no haya estado incluido con un cuento, Bellatin pertenece a la generación de jóvenes narradores que surgieron en los años noventas con la provocadora antología que se tituló McOndo, dirigida por el escritor chileno Alberto Fuguet. En sus declaraciones en entrevistas y ponencias Bellatin siempre ha declarado estar a favor de la independencia del escritor y de la obra literaria respecto a su sociedad. Esto marca desde el inicio de su carrera una diferencia importante con los escritores anteriores. También es una manera de quitarse de encima (sin la irreverencia de McOndo) el peso de los escritores del Boom. Más que una declaración de independencia, libertad, o de rechazo al compromiso ético del escritor respecto a su sociedad, Bellatin ha hecho de esta postura el punto de partida de un estilo de fabulación que le ha dado una personalidad propia en la nueva narrativa Latinoamericana.

Podemos señalar que sus novelas apuntan, por un lado, a la generalización de los personajes y, por otro, a indagar en los detalles y las particularidades de ciertos espacios. Para ello se sirve de un lenguaje sencillo, directo, minimalista, pero capaz de transformar algunos signos recurrentes (peces, voz, cuaderno, acuarios, peluquería, Casa, etc.) en símbolos. La frialdad para tratar los temas más escabrosos y sórdidos es otra de las características de Bellatin. Estas descripciones claras y mínimas, de escasa adjetivización, apuntando a lo esencial de las acciones, consiguen dar ese efecto de objetividad y desapasionamiento en sus historias.

Algo importante también es que, como ha dicho el mismo Bellatin en declaraciones, las historias de sus novelas les surgen a partir de una imagen, que en el desarrollo de la historia se ha de transformar en símbolo. Trabajar con este método le exige, por tanto, desarrollar ideas. Estas ideas (estéticas, sexuales, políticas, religiosas, etc.) son confrontadas por sus jerarquías que se establecen a través de los personajes, o sea por su posición en el mundo, por su rango de poder y tolerancia.

Por eso podemos decir que en sus narraciones hay un planteamiento polifónico, pero no a través de una relación dialógica (como encuentra Baktin en obras como la de Dostoievski) sino a través del planteamiento general de la realidad, planteamiento que igualmente nunca  llega a resolverse. Por ejemplo, y para señalar los más importantes conflictos, en Salón se confronta el peluquero con las monjas o con los vecinos del barrio. En Canon, Nuestra Señora con la presidenta del edificio o con la Casa. En Efecto, Antonio con la Madre.

Susan Sontag afirma que “todo estilo comporta una decisión epistemológica, una interpretación de cómo y qué percibimos” (49). Bellatin, que no cree que la novela pueda o deba reordenar el mundo, crea un estilo transparente con el propósito de dar un efecto de objetividad de la realidad. Estilo transparente significa falta de intervención moral del autor y/o del narrador en la historia que trata, a pesar de que sí se puede encontrar una aparente compenetración sentimental con ciertos personajes. Sontag nos dice también que “todo estilo es un medio de insistir sobre algo” (50), y es por ello que podemos comprender la insistencia de Bellatin en ciertos aspectos de la realidad (la degeneración del cuerpo, lo grotesco, la marginalidad, etc.) que ya veremos al analizar las tres novelas.

Lo que marca la diferencia en el tratamiento de estos temas (la muerte en Efecto invernadero, el mal en Canon perpetuo, la peste en Salón de belleza) con un naturalismo tradicional es, como decía Georg Lukács respecto a las novelas de Kafka: “Kafka es uno de los escritores vanguardista cuya concepción del detalle es selectiva, acentuando sensiblemente lo esencial; no es, pues, naturalista” (65). Y es que, aunque no sea “vanguardista”, Bellatin tiene muchas coincidencias con el estilo del escritor checo (por ejemplo, el de envolvernos en un mundo sin leyes o el de no dar nombres de los protagonistas). Otro aspecto es la tendencia a la no referencialidad a una determinada sociedad, esto lo hace, como se señaló antes, mediante la metaforización o simbolización. Al mismo tiempo, Bellatin, al tratar estos temas, no crea un héroe “positivo”, que no duda, que atienda más al “progreso” (al esfuerzo colectivo de la humanidad) que a su yo. Sus personajes sólo buscan (si es que de verdad “buscan”), como veremos más adelante, la salvación individual; salvación nada trascendental (no religiosa, no histórica, no colectiva, etc.), sino más bien de un tipo que podemos llamar poética. Tampoco, en el otro extremo, llega al punto de un Robbe-Grillet, que arroja por la borda a personajes, hasta a la misma intriga de la historia, y que no describe ningún sentimiento, quedándose solamente en la superficie del mundo.

Esta “salvación” poética (llamémosla así) en el discurso posmoderno se puede entender por la quiebra del concepto absoluto de verdad. Es así como se concibe, desde este enfoque, que los personajes protagónicos de Bellatin no buscan otra cosa más que un concepto personal de verdad.  Sobre esto Vattimo nos dice:
“se trata antes bien de abrirse a una concepción no metafísica de la verdad, que la interprete, no tanto partiendo del modelo positivo del saber científico como (de conformidad con la proposición característica de la hermenéutica), partiendo de la experiencia del arte y del modelo de la retórica por ejemplo” (6).

Los temas del arte y la belleza están presentes, frente a la crisis del positivismo científico, en las tres novelas dándonos una pista para entender la solución (o la sin salida) al drama de las historias. La belleza de los peces y el cuidado que les brinda el peluquero en Salón, por ejemplo. O las lecturas clandestinas de Thomas Mann y José Lezama Lima, y el grupo poético Paideia, en Canon. O la poesía, la pintura y el ballet, en Efecto.

Esto último no quiere indicar que nos encontramos por el camino de un neoromanticismo. Las historias que cuenta Bellatin parten de la ausencia de una historia colectiva; de personas que, aunque no encajan en el mundo, no buscan cambiarlo tampoco. En Canon perpetuo se desarrolla más este tema al tomar la idea de la historia colectiva como la fuerza totalitaria que le roba la identidad a la protagonista. Lyotard profundiza este fenómeno de la posmodernidad:

“¿cómo pueden seguir siendo creíbles los grandes relatos de legitimación? Esto no quiere decir que no hay relato que no pueda ser ya creíble. Por metarrelato o gran relato, entiendo precisamente las narraciones que tienen función legitimante o legitimatoria. Su decadencia no impide que existan millares de historias,  pequeñas o no pequeñas, que continúen tramando el tejido de la vida cotidiana.” (8)

Por otro lado, algunas ideas sobre lo posmoderno, que hallamos en estas tres novelas, las da Juan Manuel Vera:  “la utopía predica una sociedad inmaculada, un mundo perfecto que genera la esperanza en un futuro esplendoroso y fomenta el delirio de dar sentido al ser. No en vano utopía significa ningún lugar.” (2) El mundo de las novelas de Bellatin está marcado por la muerte de la utopía. Si el éxito de la utopía se debía a su capacidad para expresar una protesta de la subjetividad, un deseo inalcanzable e ilimitado de otra cosa, y a la vez, la fe en el destino, en el progreso, en la historia; en Bellatin no vemos más que el fracaso de la utopía, su incapacidad de expresar una protesta de la subjetividad que considere que es posible dar un sentido a la existencia humana y dotar de una justificación trascendente a esa subjetividad que se piensa a sí misma: una falta de fe.

El protagonista del salón de belleza, mediante los peces (el mundo natural); Nuestra Mujer, queriendo oír la voz de su infancia; y Antonio, planeando su “entierro” en manos de La Madre, son metáforas de esa utopía frustrada que, por científica que sea su base, es, en su descripción del futuro, un sueño inconsciente de un retorno al paraíso. Siguiendo esta idea, Juan Manuel Vera nos habla de lo disutópico, concepto que estaría más cercano al mundo ficcional de Bellatin: “Mientras toda utopía, incluso la apocalíptica, define un mundo estático, final, lo disutópico concibe siempre un mañana conflictual, abierto, sometido a las decisiones humanas. Todo futuro implica incertidumbre. El futuro está formado por múltiples e inimaginables posibilidades.” (6)

Es por eso que no hay un final propiamente dicho en las historias de Bellatin. Lo que se hace más bien con las historias es restarles la importancia del fin. Fin, que de existir daría la apariencia de haber un sentido trascendental en los hechos que ocurren o  en las acciones de los personajes. Por ello es que el peluquero travesti de Salón de belleza, que era hombre de acción, termina preocupándose inútilmente, en su convalecencia, del destino de su ex-peluquería convertida en Moridero. Nuestra Mujer (de Canon) termina caminando “despacio y sin rumbo” en un mundo irracional o absurdo. La Amiga (de Efecto) al final, en el diálogo con La Madre, se da cuenta que el final de Antonio no había sucedido en su muerte real sino mucho antes, en su infancia (o aún más atrás, tal vez, antes de nacer). Para cerrar esta idea citamos otro párrafo de Juan Manuel Vera:

En lo disutópico planea permanentemente la idea de la ruptura con el destino, mirando la historia como un cementerio de posibilidades que se podían haber llevado a presentes mejores o, tal vez, mucho peores. Negando que exista un curso prefijado de las cosas, se asume con más claridad la soledad de los hombres frente a sí mismos. Desde esa concepción disutópica, la sociedad presente no es el mejor de los mundos, pero tampoco necesariamente mejor o peor que los futuros posibles. (6)

Los personajes de las historias de Bellatin son vestigios, en el sentido que le da a la palabra Jacques Derrida, que considera que todo retrato es un vestigio, una ruina (y sobre esto veremos que Bellatin lo desarrolla conjuntamente con el tema de los cuerpos). Tanto el peluquero, Nuestra Mujer y Antonio ya no son los de antes, sino la ruina aún viva de lo que fueron. Podemos señalar, antes de entrar a analizar algunos detalles de las novelas, que la sicología de los personajes parte del pensamiento posmoderno que a decir de Yolanda Angulo Parra se da de la siguiente manera:

“El pensamiento posmoderno, pensamiento de la sospecha, legado de Nietzsche, reacciona frente a los más fuertes supuestos de la modernidad, y florece así marcado por una clase peculiar de escepticismo, casi siempre pesimista, que lo aleja del maestro. La translucidez del espejo del conocimiento es puesta en tela de juicio por Nietzsche más que por ningún otro, al introducir la mirada perspectivista, en lugar del Ojo omnisciente, de ahí que el pensamiento, denominado posmoderno, duda de ese espacio interior de acceso privilegiado, denominado “mente” y de que la verdad esté ahí fuera para ser aprehendida por el sujeto (escepticismo epistemológico); duda de la existencia de esencias y universales (escepticismo ontológico); duda de que haya naturaleza humana eterna e inmutable, de la ‘creencia en una estructura estable del ser que rige el devenir y da sentido al conocimiento y normas de conducta’ (escepticismo metafísico); duda de la función de los grandes relatos y de la posibilidad de un gran proyecto emancipador de la humanidad (escepticismo político); duda de la posibilidad de una ética universal fundamentada sobre sólidas bases epistemológicas, antropológicas y ontológicas (escepticismo ético). (4)

Salón de Belleza

En Salón de belleza se cuentan tres historias: la de un peluquero travesti en la fase terminal de una enfermedad que no se dice cuál es, pero que, por los síntomas y el contexto, se supone que es el SIDA; también es la historia del Moridero y de los acuarios. Narrada en primera persona, las historias se vuelcan, poco a poco, cada vez más a priorizar ciertos espacios (el espacio del cuerpo decrépito del peluquero, el espacio de los acuarios descuidados, el espacio de la peluquería convertida en Moridero). El Moridero, que es un sitio adonde van a morir las víctimas de esta innombrable peste, se convierte en la gran metáfora de un mundo decadente, en el que las reglas inventadas por el peluquero están regidas por la resignación, por la inminencia de la muerte y por la indiferencia de hallarles una justificación trascendental.

Como metáfora de la vida que se extingue, atacada por un mal incurable, están las peceras, a las que el peluquero les brinda tanto cuidado como a los desahuciados. Para el protagonista no hay mayor diferencia entre ambos, no hay una jerarquía de tipo moral entre estas criaturas a las que sólo se limita ver cómo van perdiendo su belleza. Todo lo hace sin ningún cuestionamiento moral. La evolución del mal en los enfermos, a quienes desinteresadamente, altruistamente, ayuda a sobrepasar la agonía y no morir solos, se canaliza en él, atacado también por la enfermedad, no directamente sino a través de los peces.

“Desde entonces y por las tristes historias que me contaban, me nació la compasión de recoger a alguno que otro compañero herido que no tenía dónde recurrir. Tal vez de esa manera se fue formando este triste Moridero que tengo la desgracia de regentar. Pero volviendo a los peces, pronto me aburrí de tener exclusivamente Guppys y Carpas Doradas.” (14)

Es así, que en los espejos de la peluquería parece ser que el travesti peluquero es el único que no se refleja. La enfermedad en él es vista por medio de la belleza moribunda de los peces. Los peces simbolizan la belleza de la vida y, a su vez, la encarnación de la muerte. Todo está siendo atacado por el mal, la peluquería, los cuerpos de las víctimas humanas, el agua de las peceras y los peces. La corrupción es inevitable y está generalizada.

La razón del peluquero travesti de ayudarlos a morir decentemente, “para morir en compañía” (24), es una razón más que ética, estética. De ahí que no acepte la compasión cristiana de las monjas por un lado, y de ahí también, por otro, que tenga el rechazo de los vecinos del barrio. Aceptar la ayuda de las monjas sería darle una finalidad al Moridero que él considera inútil. Una finalidad cristiana, de creer en un más allá, o peor aún de darle la falsa ilusión a los pacientes de la posibilidad de un milagro de curarse. El peluquero lo entendió así al principio, cuando quiso rescatar de lo inevitable a un enfermo: “Hicimos algunas colectas entre los amigos para comprar las medicinas, que eran sumamente caras. Todo fue inútil. Más fue el desgaste físico y moral que aquel tratamiento le causó al enfermo como a los que estábamos alrededor. La conclusión fue simple. El mal no tenía cura.” (55)

Lo que lo motiva, entonces, es la misma razón que tiene para seguir criando peces en una peluquería que ya ha perdido su original función. El travestismo o el maquillaje es su arte y la manera de enfrentar a la muerte, de ocultar el dolor. La vida es belleza para el peluquero, y la belleza es lo contrario al dolor y al sufrimiento. No le preocupa que la muerte sea el fin, sino la manera como llega, la manera de hacer horrible lo que antes era bello. Por eso cree que puede vencer a la muerte quitándole a ella (ocultándola mejor dicho) todo el dolor posible y su sufrimiento.

Canon Perpetuo

Canon Perpetuo es la historia de Nuestra Mujer en una sociedad perteneciente a un sistema dictatorial, totalitario, que, aunque no se diga a qué país pertenece, se puede concluir que es la Cuba actual. La historia empieza con el hurto que hace Nuestra Señora durante una entrevista a un líder extranjero. Los agentes de seguridad vieron que ella se guardó un par de aretes que había sobre la mesa principal. Esto ocasionó su despido de la agencia de Noticias para la que trabajaba. También hay otro acontecimiento que nos mantiene en suspenso hasta el final: la misteriosa llamada de la aún más misteriosa Casa adonde ella va al final para escuchar la voz de su infancia.

Esta novela es la que más nos hace recordar a Franz Kafka. Canon nos presenta una sociedad jerarquerizada por un poder que no se devela, pero que es capaz de penetrar en lo más profundo de sus habitantes para dirigirlos hasta hacerles perder su identidad y convertirlos en seres absurdos. En el breve tiempo en que transcurre la historia, Nuestra Mujer mata a la “presidenta”, la administradora del precario edificio donde vive, se reúne con “su amiga” en una sesión clandestina de poetas que tratan de crear un lenguaje nuevo y finalmente va a esa extraña Casa, que por “equivocación” la había llamado.

Todos los extraños sucesos que se presentan en el edificio viejo y miserable son menos sorprendentes que los personajes que lo habitan. El irracionalismo que marca las vidas de estas personas está íntimamente unido, o es una consecuencia del automatismo del sistema que los crea. Nuestra Mujer, y todos los personajes a los que la falta de nombres propios enfatiza su carencia de identidad, son seres incapaces ya de sentir lo aplastante de ese poder que los rige. La protagonista contempla su cuerpo deteriorado. En el baño intenta recobrar la sensualidad perdida, pero sólo comprueba su total incapacidad de recobrarla. Ya no es un cuerpo propio en el presente vivo al que baña con la escasa agua que se dispone,  por lo tanto ya no hay sensualidad.

Los que tal vez buscan recobrar la propia identidad y el espacio de libertad de manera más efectiva son los poetas de las sesiones de la amiga (la del poeta foráneo y sus tertulias bautizadas con el nombre de Paideia). En dichas tertulias el poeta foráneo exponía sus ideas de crear reglas gramaticales a un nuevo lenguaje que tenía en mente inventar. Esta idea debe asociarse directamente a la alusión que se hace a la Vita Nuova.

Conforme avanza el aparente sin sentido de las acciones de Nuestra Mujer de un lugar a otro, el narrador nos va contando sobre ella: que había tenido un marido y un hijo al que “lo hicieron partir” en una balsa hacia otro lugar que no se dice, pero teniendo el referente cubano actual suponemos es Miami. Esto ocasionó la ruina sicológica de la protagonista, y su internamiento en un sanatorio por más de seis meses.

Lo que pide finalmente Nuestra Mujer es que “le devuelvan la confianza”. Algo que la Casa se niega. Ella, creyendo que la Casa le devolvería esa “confianza” a través de la voz de su infancia, se ve más bien atrapada en ese sistema burocrático de voces. La tienen atrapada, y le amenazan con quitarle su voz. La Casa piensa y actúa sólo en función de lo que le conviene, así como todo gobierno que se aparta de los principios que buscan crear una sociedad democrática. Por eso para “ellos” es “más importante una voz patológica que una voz infantil” (147). La ambigüedad del ambiente final de la Casa hace suponer que se trata de un manicomio. Y esto definiría el simbolismo completo, que sirve mucho a Bellatin para desarrollar sus historias, y que en este caso está retratando el entrampamiento de los seres humanos en un sistema totalitario.

Efecto Invernadero

En Efecto Invernadero también presenciamos la decadencia del cuerpo. Bellatin parece decirnos que el alma es el cuerpo, que la muerte es una purificación a la que se accede con el rito del mal o de la enfermedad. Bellatin despoja del cuerpo las laceraciones de los dogmas de toda religión y sistema social, y lo redime con la aceptación del dolor. Antonio, el protagonista de esta historia, ha nacido con el mal y con el sentimiento de culpa de la Madre. El mal se manifestó tempranamente en un brazo. La Madre sin reparos hizo caso del duro método de cura del doctor, que consistía en amarrarlo del otro brazo y dejar que su hijo se valga por sí solo.

Antonio se hace pintor y poeta. Nunca aceptado por su Madre, ni por la sociedad, tiene una temporada larga en Europa, algo que acentuaría aún más su exilio existencial y marginalidad. Como en toda sus novelas Bellatin no pone referentes directos sobre personas y lugares, pero por el contexto de esta novela (alusiones biográficas, caracterización de personaje, y declaraciones del escritor) sabemos de quién se trata. Antonio está basado en una persona que existió en la realidad, el poeta peruano César Moro, seudónimo de Quispez Asín, conocido poeta y pintor surrealista que convivió en Europa con el surrealismo de Bretón, y que también tuvo una estancia importante en México, y  que ni en su retorno a Perú dejó de ser polémico.

Antonio tuvo varios amantes, pero el que lo acompaña en su muerte es el Amante. Al igual que en Salón de Belleza la homosexualidad no es el tema principal. Más importante para Bellatin es tratar el tema de la intolerancia. Pese a lo que se puede concluir de esto, lo que Bellatin quiere no es encausar una protesta en sus historias, sino solamente mostrar la complejidad del ser humano. Antonio, así como de niño había dispuesto todo para su muerte en su cuaderno escolar, en su adultez agónica habría de disponer las cosas que acompañarían a su cuerpo muerto. Muere con los seres más cercanos: el Amante, la Amiga, la Madre y la Protegida. Le entrega a la Madre su cuerpo muerto, como un Cristo pero sin ninguna esperanza de nada, sin resurrección ni vida trascendental posible.  Antonio, como en la realidad César Moro, es la víctima de una sociedad y de una Madre dominadas por viejos dogmas. La  Madre es la víctima de esa vieja historia de represiones de que están hechas las sociedades machistas. Es así, que en esta novela vemos más claramente el papel del hombre como heautontimoroumenos, verdugo y víctima de sí mismo. Antonio víctima de su amor a César, el militar que lo golpeaba y lo abandonó. La Protegida, víctima de una sociedad casi feudal que la somete. La Pianista, víctima de la Amiga y “de la lucha mental que sostenía (...) con el fin de mantener el equilibrio” (203). La Amiga, víctima de la maternidad o la esterilidad. El Amante, víctima de Antonio.

Así como en Salón de Belleza aquí tampoco se dice cuál es el mal que mata al protagonista. Al respecto vale la pena citar íntegramente una parte de un párrafo del capítulo 19, en la que Bellatin, a través de Antonio y la Amiga, explica el tema que está siempre presente en sus novelas:

“En ese invierno, Antonio y la Amiga más de una vez se encontraron hablando de las relaciones entre la belleza y la muerte. En un principio, la Amiga aseguraba que la muerte destruía en forma total cualquier belleza. Al oírla, Antonio acariciaba sus propios brazos. A pesar del frío que subía acompañando la niebla, Antonio usó camisas de manga corta. Sus brazos, que se movían ágilmente mientras hablaba, no mostraban músculos ni firmeza. Viendo a través de la ventana del baño, que era el lugar de la casa donde se reunían a conversar, Antonio una vez dijo que la belleza y la muerte guardaban la misma relación que el agua y los espejos. La Amiga no entendió las palabras, tampoco la sonrisa que las acompañó.  Antonio continuó riendo mientras hablaba de las abluciones que realizaba cada mañana, del agua bajando por el pecho y la espalda desnudos. Se refirió al espejo, que chirriaba con cada movimiento, y a las letras rojas del poema. Volteó y le preguntó a la Amiga si no podía ser la belleza la que corrompiera a la muerte. Recién entonces la Amiga sonrió y miró por la ventana el baño.” (215)

Más que personajes que quieran ser de carne y hueso (aún cuando los protagonistas estén basados en seres reales, como Antonio con César Moro, y el peluquero que también fue un personaje real al que Bellatin encontró en una noticia periodística), son seres que traen principalmente una idea, o mejor dicho son una idea (La Madre, el Amante, La Amiga, Nuestra Señora, etc.). Antonio es el único protagonista al que se le da un nombre particular, tal vez porque encarne al “héroe” más cercano de lograr su salvación, como se dijo arriba, una salvación poética. Antonio es artista, y su salvación no puede ser de otra manera, llámese individual o encerrada en sí misma (de ahí las facciones de gozo en el rostro de Antonio cuando el médico le “anunció” a la Amiga que había quedado estéril), es una salvación al fin y al cabo.

Bibliografía

Angulo Parra, Yolanda. La esencia de vidrio: modernidad y posmodernidad.        
http://www.webislam.com/99/tx_99_58.htm
Bellatin, Mario. Tres novelas. Lima: El Santo Oficio, 1995.
Lukács, Georg. Significación actual del realismo crítico. México: Biblioteca Era, 1963.
Lyotard, J. F. La posmodernidad (explicada a los niños). Barcelona: Gedisa, 1995.
Sontag, Susan. Contra la interpretación. Barcelona: Biblioteca Breve, 1969.
Vattimo, G. El fin de la modernidad. Barcelona: Planeta-De Agostini, 1994.         
Vera, Juan Manuel. Utopía y pensamiento disutópico.